El reproductor de imágenes
Joaquín estaba sentado en frente de la televisión.
La luz que está emanaba lo mantenía hipnotizado en su mundo. Él no recordaba nada
sobre lo que había pasado. Lo único que recordaba era a un viejo, que caminaba
entre los rieles. Subió al andén, se acercó hacia la Virgen, que estaba en la
otra punta de donde estaba Joaquín.
El hombre tenía los labios pintados de un color
carmesí, en el hombro colgaba una cartera y en la mano una cámara de fotos. Movió
los labios. El hombre giró la cabeza hacia él y lo vio solo en la estación.
Unos minutos después apareció el guardia. Lo despertó. Edgar se tenia que ir si o si. Y
Cata volvía cada tanto.
Yo era la que tenía una
plena conexión con el suceso, la única para los demás, que se había quedado
dormida en la estación de lobos. Cata había formulado un conjuro protegiéndome
de cualquiera que pretendiera hacerme daño, haciendo invisible ante los
enemigos.
El hombre, colgó el
teléfono, sin sacar la mirada de encima acercándose despacio. Trataba de
aflojar sus acalambrados dedos de las manos. Se arrodillo a mi lado y pregunto:
-
¿Eres
un fantasma?
-
No-
respondí inmóvil.
-
Eres
un madrugador
-
¿Yo?-
reí- míreme, ¿podría serlo? A esta altura tendría que estar carbonizada por los
rayos del sol-
El hombre me quedo mirando.
-
¿Eres
un viajante?
-
No.
Soy psíquica y me materializo en mis visiones. Así como usted me vio, me pueden
ver los demás. ¿Cuál es su nombre?
-
Oscar
Albariño, periodista de hechos paranormales.
