¿Cómo preservarse en el tiempo?
No tiene sentido que me veas a los ojos con tantas lagrimas desparramadas
por los años. No tienes por qué fingir que no extrañas mi presencia. Ya sabemos
porque motivo estoy acá y porque siempre recuerdas el hombre que alguna vez
llamamos papá. No sabes como pero fue así: Sonaron campanillas en esta tienda.
Entró un hombre con un saxofón sin estuche y sin ojos abiertos y cerró la
puerta, pidió por el dueño y el ese era papá. Tenía miedo de hablar a este hombre delante de
nosotras. Nos pidió que saliéramos a la vereda pero vos te fuiste a la cocina
por una taza de té y así se realizó la selección y me llevó por el barrio por
esas calles que se volvieron desconocidas para mí y me pidió que le tuviera el saxofón
y después de tres notas desapareció y yo junto a él en un mundo que no tiene
descanso, que no tiene volumen ni efectos personales. Alejada del mundo te vi
años tras años en esa única ventana que reformabas pasado los años y me siento
completamente vacía con este cuerpo de niña sosteniendo en el abismo el futuro
que no avanza, que no cabe en mis manos por un sonido que busqué y que
tocabas en el negocio de papá.
Tocas tres notas en un viejo saxofón que llevaste para pasar las horas de ocio. Y me pregunto por qué te lo compraste, qué culpa sientes, si te salvaste gracias a tu curiosidad y a mí me atrapo la obediencia hacía un viejo que nos vendió antes de nacer y ofreció lo único que nos regaló Dios. Y vos te salvaste por ser más astuta, por pedir perdón a un pecado que no nos corresponde y pediste verme a una vidente que no tenía dedos en su mano derecha, pero poca paciencia para soportar mi entrada, porque no solo iba hacer la mía sin la de este ser que buscaba más de lo que ya tenía. Nunca le gusto esperar así que hoy le pedí lo que tanto queríamos: estar junta.
Tocas tres notas en un viejo saxofón que llevaste para pasar las horas de ocio. Y me pregunto por qué te lo compraste, qué culpa sientes, si te salvaste gracias a tu curiosidad y a mí me atrapo la obediencia hacía un viejo que nos vendió antes de nacer y ofreció lo único que nos regaló Dios. Y vos te salvaste por ser más astuta, por pedir perdón a un pecado que no nos corresponde y pediste verme a una vidente que no tenía dedos en su mano derecha, pero poca paciencia para soportar mi entrada, porque no solo iba hacer la mía sin la de este ser que buscaba más de lo que ya tenía. Nunca le gusto esperar así que hoy le pedí lo que tanto queríamos: estar junta.
