Sueños Profanos







Esa noche sentí como el abismo me absorbía hasta llegar a una puerta. Sentí el impulso de abrirla y cuando abrí esa puerta entré a una habitación que apenas estaba iluminada. Podía observar por la escasa luz que entraba por las ventanas grandes con cortinas largas que en cada uno de sus rincones había unos extraños muebles que se destaca entre los demás por su extraño diseño. Toco el aire  y con la iluminación del ambiente pasa de ser tenue a ser escasa. Y los objetos étnicos conviven en armonía con estos insólitos muebles; las hipnotizaste alfombras de colores diversos y las cortinas se agitaban. Las ventanas permanecían cerradas. Los relámpagos que partían del techo iluminaban el ambiente. Y desde una de las esquina de la habitación había una sombra que se deslizaba por las paredes el techo y por último el suelo, haciendo abrir allí una estrecha grieta, despidiendo de ella miles de almas que danzaban alrededor mío.
 De repente, la oscuridad se hace presente en la habitación y bajo la forma de un sanguinario bárbaro mira con hiriente frialdad fijada mirada al niño que se encontraba junto a mí.
 “¿Por dónde escapar? ¿Por dónde huir?” son las dos primeras cuestiones que se me presentaban. Como si estuviera en presencia de un espejismo fui hacia aquella atmósfera que se hacía presente a tras nuestro, en donde aquella realidad no tenía ninguna vinculación aparente con esta.
Apresuradamente me subí a una carreta que se entrecruzaba en el camino.
- ¿Así que pretendías abandonarnos, Anent? - gritaba un hombrecito de un acento extraño.
Anent, si lo recordaba, era mi nombre. Y la cara del enano me era familiar.
- Anent, no te preocupes, él te perdonara, estoy seguro. - decía el otro hombrecito.
No entendía nada del que estaba pasando, ni a quien se referían. Uno me gritaba y era grosero, el otro, era gentil conmigo.
Del otro extremo de la carreta, aparece aquel hombre terrible del que hablaban- ¡Ah! Con que volviste...
- Ten cuidado Anent - me decía uno de los enanos.
Fue cuando entonces el hombre salto sobre mí y con una cadena larga y oxidada me ato de pies y manos al extremo de la carreta.
Fue entonces cuando sentí que mi conciencia quedo anclada, luchando al caprichoso estado del subconsciente, para liberarme de las ataduras.
La escena se iba alejando tanto que me encontraba sentada viéndome a través de una pantalla en blanco y negro.
 Al despertar el dolor que provocaban mis piernas era insoportable. Parecía que aún estaba atada con las cadenas.
 En la oscuridad de la pupila, vi como dos caballos se me venían encima. Arrastrando un pedazo de madera con que habían estado arriados. Eran unas imágenes superpuestas, entre negativos y colores, que se iban aclarando a medida que llegaban a mí.
¡Anent! Una voz gruesa gritaba desde muy lejos que apenas podía oírla.
Arena y mar era todo lo que veía.
Un sol en lo alto golpeaba compungidamente mi cerebro. En el exterior, o sea, en la realidad que a todos nos conlleva, hacia frio, mucho frio. Así fue como la realidad sometía a mi inconsciencia a ser suprimida por la conciencia.
Mis ojos estaban cansados, los pies los sentía aun atados, mi cuerpo estaba inmóvil…

El calor que partía del sueño llego a mi cuerpo, haciendo subir la temperatura corporal a unos treinta y ocho grados.


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¡Silencio, por favor!