El Unísono
El unísono
Situarlos
en el ambiente, en donde me movían a voluntad, no es más que facilitarles una
vía que los conducirá a comprender mis ingenuos actos de una vida que no tuvo principio,
ni fin. Ya bastante soporte hablar sobre el concepto de “la verdad divina” en
mi corta infancia. Con mi mirada de niño siempre me preguntaba ¿a quiénes
quería convencer el padre Honorio sobre una revelación que se oculta en el
viejo testamento?. A la cual mi abuelo Octavio decía: No lo sé Sebastián, ojala
que creyera cada palabra que dice.
¿Y para
qué escucharlo, abuelo, santificar las misas? No lo sé Sebastián, ojala que
creyera cada palabra de lo que dicen.
Todos sabían
de sus juergas que hacia después de hora e hipócritamente nos señalaba a
nosotros como ¡necios puritanos!, mirándonos desorbitadamente, mientras escupía
el vino de misa que a duras pena tragaba, y señalando que, no hay quien nos pueda
defender de las aberraciones que se producirán en este lugar. Ni mencionar las desapariciones
que se efectuaran en el cierre del ciclo de nuestras clandestinas vidas.
-Nada está
más allá de la verdad óntica, como lo está nuestro señor Jesucristo. Es lo último que recuerdo que dijo el Padre
Honorio antes que se derrumbara la iglesia, explico Sebastián. A la vez que se acurrucaba
en sí mismo mientras el oficial tomaba sus datos, se agarraba la cabeza.
Mientras las luces de los patrulleros iluminaban circularmente la escena. No
puedo saber lo que acaba de pasar; no lo recuerdo. Lo único que recuerdo es que
caminé por un sendero que me conducía hacia la orilla de un extraño mar de
color púrpura. Llegué olvidando quien era y de todos aquellos años que había
vivido. Pero, este lugar no lo desconocía.
A
pocos pasos de allí se encontraba una casona derrumbada, sostenida por algunas
columnas sólidas. Entré, sin ser invitado. En ese lugar vivían algunas personas
que no se percataron de mi presencia. Me senté junto a ellos sin que me lo
ofrecieran. Me dieron de comer sin que lo pidiera. Sus ciegos rostros no
reflejaban ningún indicio de vida, ni siquiera registraban mi presencia.
Hacia
la tarde y después de haber bebido litros de aquella agua del mar, me sentía
confundido, ausente. Espectador de una película en la que era protagonista sin
poder hablar observó a un hombre, hostigado por su morbosa conciencia, corriendo
por los pasillos de una vieja iglesia, atormentado por recuerdos lejanos que se
hacía presente. Ante él, tres voluptuosas mujeres se bañaban con vinos
santificados. Brindaban por su alma. Luego, esas figuras nefastas lo iban
despojando de sus vestimentas dominicales con fuertes latigazos. Una vez
despojado de su ropa caminaban alrededor de él. Observando su cuerpo puede
verse que está recubierto por un tegumento único, la piel, que le sirve de
aislamiento. Sin embargo, esta capa de recubrimiento no es continua, sino que
existe en ella grandes aberturas: la boca y los orificios nasales.
Una de
ellas se atreve a decir:
-Posiblemente
eres el último de tu especie- lo siguió viendo sin quitarle la mirada de sus extremidades inferiores.
Comienzan
a reír las tres.
-Yo
diría que es el único, -pronuncia la otra, al darse cuenta de la insinuación de
que no poseía aparato reproductor, como un humano.
¡Demontre!-
se exaltaron las tres- ¡El unísono!
Salieron
corriendo. Luego de oír el llamado que procedía de una isla próxima a la playa,
desaparecieron en las penumbras de la habitación.
Me
encontraba solo, avergonzado y casi con timidez recogí sus harapos del suelo.
Aún no sabía quién era y ni quién fui, aunque lo imaginaba: era lacayo del
dueño de estas tierras en donde ovejas descarriadas se rebelaron contra su
benefactor.
Caminé
descalzo sobre el agua sin hundirme. Llegué a la isla. Posé mis pies sobre
rocas empinadas con afiladas puntas. Las escalé sin herirme, hasta llegar a un
nuevo sendero. Observé las tres criaturas saboreando su presa; un conejo
blanco, bañado por su energía vital. Seguí caminando colina arriba sin ser
visto, encontrándome con una iglesia descuidada. En su interior había maderas
talladas con nombres de los rebeldes, de quienes se habían atrevido a enfrentar
al encargado de bloquear las tres puertas destinadas hacia el origen de cada
vida.
Se
escucha nuevamente, el unísono. Los puritanos abren sus dibujados parpados ante
la aproximación de un nuevo enfrentamiento. El universo reproduce en página la
llamada a sus recientes servidoras, para emprender la disputa con el único
adversario que no tiene en conciencia su destino. Las tres mujeres se hacen
presente y se colocan delante de cada puerta. No puedo entrar ni salir, ya que
el portón por donde ingresé ha desaparecido.
El
suelo vibraba y las mujeres aullaban como lobos hambrientos, tienen órdenes de
no tocarme, ya que responde a una única jerarquía mayor. No obstante, Demontre
quiere verme y hace una majestuosa presentación: estirando sus alas a lo largo
de la catedral. Se presenta cordialmente como un buen anfitrión y con una
fingida humildad me advierte.
-Si
pasas por cualquiera de estas puertas, cruzaras hacia tu última vida en la
tierra. Clausurando la posibilidad de redención al mundo.
Creyendo
ser más listo que Demontre, cruce, pensando que al atravesar el umbral las
paredes de la iglesia caerían y así cerraría para siempre la vía de salida que
tenía el abismo hacia la tierra. Pero no es así, nací en el seno de una familia
católica. Toda mi infancia la pase en “La Campiña”, la hacienda de mis abuelos
paternos, que se ubicaba en Lobos. Lugar favorito de veraneo de mi abuelo
Octavio. Farfullando en sueños lo que se me revelaba ante mis ojos. La misma
catástrofe que se le avecinaba a mi familia; dejándome huérfano y sin herencia,
caminando descalzo hacia un sendero que me conducía hacia la orilla de un
extraño mar de color púrpura…
