Alexander
Alexander una vez me dijo, que al
escribir sentía pena y dolor y lo trasmitía en sus textos y que en el taller de
escritura una persona le dijo, que sus textos eran muy pesados y cuando llegó a
su casa quemó todos sus textos y a partir de ese día su mente se quedó en
blanco. Trató de pensar, sentado en medio de su habitación enfrente a un espejo
que colocó en la puerta y mirándose fijo, se preguntó: qué es lo que tengo que
hacer ahora para apaliar estas horas, en donde más se exaltan las amarguras,
que ya no caen en ninguna hoja.
Me comentó, también, que se sentía como un árbol cargado de aflicciones y no podía creer que estuviera tan desilusionado.
Me contó, que él, hace mucho tiempo quería escribir sobre la felicidad. Pero, no lo lograba; ni siquiera en tercera persona.
Me comentó, también, que se sentía como un árbol cargado de aflicciones y no podía creer que estuviera tan desilusionado.
Me contó, que él, hace mucho tiempo quería escribir sobre la felicidad. Pero, no lo lograba; ni siquiera en tercera persona.
Se sentía infeliz viendo la
felicidad, a través de un vidrio empañado.
Y le dije: y si abrieras esa
ventana y te sorprendiera lo que verías a través de ella.
Me miró callado y sin demostrar
emoción alguna en su rostro.
Los dos miramos el espejo que
reflejaba el vidrio empañado. Alexander se levantó de la silla.
No te alejes…
No es bueno soñar despierto, me
dijo sollozando y me acerqué, lo abracé.
Yo no sueño despierta. Recuerdo
los sueños que alguna vez tuve y vos sos mí más preciado recuerdo que quiero
mantener vivo.
Y por qué me abrasas.
Para saber que sos real en este
momento.
